viernes, 11 de septiembre de 2015

| La industria: 11 de septiembre 2001 |



Era la hora en la que el sol comenzaba a expulsar con más fuerza los rayos que preñan de luz y calor a la tierra. Cerca del mediodía cuando los maestros decidieron que era hora de irse a casa, la jornada no había terminado en lo absoluto pero algo hizo que nos abrieran las puertas del establecimiento, vimos nuestra libertad; esa que dejábamos en la puerta cada mañana a eso de las 7:30 y, como era costumbre cuando uno salía temprano de estudiar el plan eran: las granizadas de enfrente, caminar en dirección del sur; pasar a las maquinitas para liberar el sencillo que uno lleva cautivo en la bolsa del pantalón de tela. A mí me recuerda a los cuques el color de ese pantalón, que es caqui.  Dejamos el sencillo en ese local de mala muerte, la señora que lo atendía nunca dejó de vernos a través del humo de su cigarro.

Luego de eso, nos fuimos a la casa de un amigo que nos ayudaría con un trabajo pendiente. Ya nos habían quitado el 20% de la nota y nuestra esperanza era entregarlo al día siguiente.

"La Industria" así se llamaba la colonia donde quedaba la casa de nuestra ayuda, una colonia que por el nombre parecía tener mucho futuro y uno pensaría que las cosas ahí deberían ir bien. La ingenuidad era casi un modo de vida en aquel entonces, la realidad de la colonia no coincidía (sigue sin hacerlo) con el nombre que tenía. Casas a medias, construcciones vacías, ancianos amontonados en banquetas oxidadas. Perros esqueléticos y moribundos nos veían pasar como pidiendo auxilio, nunca nos detuvimos. Ni siquiera cuando vimos que asaltaban  en una esquina a una muchacha que había sido nuestra compañera, un día supimos que estaba embarazada y ese día protegía a su retoño como un animal salvaje que pareciera razonar.

Parecía que las calles iban más rápido que nosotros, las ventanas a medias, las puertas de madera podrida gritaban algo de caos, hasta que; por fin y sin pensar me detuve. Yo, me quedé inmóvil, inerte y vacío. Una ventana me gritó con tanta fuerza que no pude ignorarla, perforé con la mirada su marco de madera recién cortada y reluciente en un fondo oscuro un televisor proyectaba la catástrofe, caos y muerte, destino, principio y final. Era un 11 de septiembre.

Mis compañeros gritaron, gritaron dos veces ¡apurate cerote, en la casa de aquel lo terminamos de ver!. Yo no necesitaba ver mucho más, los dos proyectiles aeronáuticos fracturando economías, familias enteras y mundos completos me lo habían dicho todo. Cuando llegamos a nuestro destino el mundo entero se contraía por la notica, cuando llegué a mi casa mamá abrió la puerta con un tino de angustia por sus hermanos que viven en "el norte" y con la voz deteriorada exclamó: ¡la guerra nunca terminó! 

Han pasado 14 años, no supe más de aquellos compañeros y mucho menos de la muchacha que defendía a su hijo. Yo, bueno yo; sigo inerte frente a la ventana que enmarcaba aquel viejo televisor.

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