Era la hora
en la que el sol comenzaba a expulsar con más fuerza los rayos que preñan de
luz y calor a la tierra. Cerca del mediodía cuando los maestros decidieron que
era hora de irse a casa, la jornada no había terminado en lo absoluto pero algo
hizo que nos abrieran las puertas del establecimiento, vimos nuestra libertad;
esa que dejábamos en la puerta cada mañana a eso de las 7:30 y, como era
costumbre cuando uno salía temprano de estudiar el plan eran: las granizadas de
enfrente, caminar en dirección del sur; pasar a las maquinitas para liberar el
sencillo que uno lleva cautivo en la bolsa del pantalón de tela. A mí me
recuerda a los cuques el color de ese pantalón, que es caqui. Dejamos el sencillo en ese local de mala
muerte, la señora que lo atendía nunca dejó de vernos a través del humo de su
cigarro.
Luego de
eso, nos fuimos a la casa de un amigo que nos ayudaría con un trabajo
pendiente. Ya nos habían quitado el 20% de la nota y nuestra esperanza era
entregarlo al día siguiente.
"La
Industria" así se llamaba la colonia donde quedaba la casa de nuestra
ayuda, una colonia que por el nombre parecía tener mucho futuro y uno pensaría
que las cosas ahí deberían ir bien. La ingenuidad era casi un modo de vida en
aquel entonces, la realidad de la colonia no coincidía (sigue sin hacerlo) con
el nombre que tenía. Casas a medias, construcciones vacías, ancianos
amontonados en banquetas oxidadas. Perros esqueléticos y moribundos nos veían
pasar como pidiendo auxilio, nunca nos detuvimos. Ni siquiera cuando vimos que
asaltaban en una esquina a una muchacha
que había sido nuestra compañera, un día supimos que estaba embarazada y ese
día protegía a su retoño como un animal salvaje que pareciera razonar.
Parecía que
las calles iban más rápido que nosotros, las ventanas a medias, las puertas de
madera podrida gritaban algo de caos, hasta que; por fin y sin pensar me
detuve. Yo, me quedé inmóvil, inerte y vacío. Una ventana me gritó con tanta
fuerza que no pude ignorarla, perforé con la mirada su marco de madera recién
cortada y reluciente en un fondo oscuro un televisor proyectaba la catástrofe,
caos y muerte, destino, principio y final. Era un 11 de septiembre.
Mis
compañeros gritaron, gritaron dos veces ¡apurate cerote, en la casa de aquel lo
terminamos de ver!. Yo no necesitaba ver mucho más, los dos proyectiles
aeronáuticos fracturando economías, familias enteras y mundos completos me lo
habían dicho todo. Cuando llegamos a nuestro destino el mundo entero se
contraía por la notica, cuando llegué a mi casa mamá abrió la puerta con un
tino de angustia por sus hermanos que viven en "el norte" y con la
voz deteriorada exclamó: ¡la guerra nunca terminó!
Han pasado
14 años, no supe más de aquellos compañeros y mucho menos de la muchacha que
defendía a su hijo. Yo, bueno yo; sigo inerte frente a la ventana que enmarcaba
aquel viejo televisor.
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